Autenticidad en el mundo actual: ¿un acto de coraje?
[RAE: Coraje. m. Impetuosa decisión y esfuerzo del ánimo, valor. Sinónimos: valor, valentía, decisión, ánimo, arrojo, ímpetu, intrepidez, denuedo]
- ¿Esto pasa a menudo?
Me preguntó una directiva, desconcertada, en pleno proceso. Y yo, a la gallega, le respondí:
- Depende.
Depende de la cultura de feedback que exista a nuestro alrededor, de cuánto nos exponemos y de con quién trabajamos. Pero hay algo que sí es incontestable: una cosa es lo que pensamos y nos decimos en nuestra cabeza, y otra muy distinta, cómo nos ven los demás.
Todo empezó, como suele ocurrir en un proceso de coaching ejecutivo, con un objetivo que fue tomando otra forma a medida que avanzábamos. En la etapa de Análisis de Realidad utilizamos, un informe de imagen pública. Al analizarlo, ella comprobó que las fortalezas que sus colaboradores le reconocían confirmaban el camino que se había propuesto, algo que ella misma no terminaba de ver.
Compartí entonces con ella una frase de Rafael Echeverría que me pareció pertinente: "el lenguaje crea realidades". Al terminar la sesión me dijo: Hoy me llevo una frase: el lenguaje crea realidades.
Obviamente no se refería solo a lo que decimos a los demás, sino también a lo que nos decimos a nosotros mismos.
Las historias que confundimos con hechos
Somos extraordinariamente buenos poniéndonos etiquetas. "Soy demasiado exigente." "No soy suficientemente buena." "Me falta formación en tal o cual materia." "Debería ser más…" "Los demás seguro que piensan…" (esta última, por cierto, es lectura de mente en estado puro).
Repetimos tanto esas historias que terminamos confundiéndolas con hechos. Nos juzgamos, nos comparamos y construimos una identidad alrededor de aquello que creemos que nos falta.
Hasta que llega alguien de fuera y nos devuelve otra imagen. No necesariamente mejor: quizá más completa. Y no lo llevaría al terreno de la aprobación. Aquello que vivíamos como inseguridad puede ser leído como exigencia, compromiso o responsabilidad. Lo que interpretábamos como debilidad puede percibirse como prudencia.
¡Cuidado!, que no siempre es un aplauso. A veces lo que devuelven los demás incomoda: lo que yo vivo como firmeza puede leerse como rigidez, y lo que creo que es autonomía, como distancia. La mirada externa no es un veredicto, es información. Y lo valioso no es que sea favorable, sino que sea distinta de la nuestra.
¿Qué es entonces la autenticidad?
Ser auténtico no significa mostrarlo todo, ni decir siempre lo que pensamos, ni convertir nuestras características en una bandera ("es que yo soy así"). Kernis y Goldman, que llevan años investigando este concepto, la describen a través de cuatro componentes que me parecen muy útiles para la práctica:
Autoconciencia: Conocer nuestros valores, emociones, fortalezas y también nuestras contradicciones.
Procesamiento no sesgado: Mirarnos sin filtros defensivos: sin negar lo que no nos gusta ni maquillar lo que sí.
Conducta: Actuar en coherencia con lo que valoramos, incluso cuando no es lo más cómodo.
Orientación relacional: Mostrarnos con verdad en las relaciones, permitiendo que el otro nos conozca tal como somos.
Mirado así, la escena de la sesión encaja casi al milímetro. Sin un procesamiento no sesgado, nuestra autoconciencia tiene puntos ciegos. Y no podemos ser coherentes con lo que somos si desconocemos una parte de ello. Ahí es donde entra el otro: hay cosas de nosotros que solo se ven desde fuera. Sin olvidar que no todo el mundo tiene la misma predisposición a mostrarse con verdad en las relaciones, por incidir en uno de los aspectos.
Me gusta también una frase atribuida a San Agustín: conócete, acéptate, supérate. Con un matiz importante: crecer desde la aceptación no es lo mismo que corregirnos desde la carencia. Lo primero nos amplía; lo segundo nos deja pendientes de encajar en el personaje que creemos que los demás esperan.
Aceptarse no es resignarse. Es tomar lo que nos llega, también lo incómodo, y ponerlo a nuestro favor. Como dice el refrán, "un mar en calma nunca hizo un buen marinero". A veces una mala mar es, precisamente, ese feedback que no esperábamos.
El guion del "debe ser"
Vivimos rodeados de modelos sobre cómo debe ser un buen líder (cambia líder por tu cargo o posición): seguro, resolutivo, inspirador, estratégico, empático, exigente, cercano… Una lista bastante agotadora, por cierto.
El problema aparece cuando lo hacemos desde el guion de lo que creemos que deberíamos ser y no desde lo que realmente somos. Entonces dejamos de ser nosotros mismos y empezamos a interpretar un papel. Y los equipos lo perciben.
Seguro que en más de un entorno profesional has conocido a alguien que te hacía sentir una conexión especial, aunque no supieras explicar por qué. Probablemente no era carisma: era confianza. Y la confianza se construye con coherencia, no con grandes discursos, sino en pequeñas cosas: en cómo escucha, en cómo reconoce un trabajo bien hecho, en cómo afronta una conversación difícil, en cómo admite delante del equipo que no sabe algo, en cómo trata a una persona cuando las cosas no salen bien, en los límites que pone y en los que respeta. Todo muy fácil, ¿verdad?
Ahí está, quizá, una de las claves: no se trata tanto de preguntarnos qué imagen queremos proyectar, sino qué experiencia queremos generar en las personas que trabajan con nosotros. Al final, la huella que dejamos no está solo en lo que conseguimos, sino en cómo hicimos sentir a las personas mientras lo conseguíamos, y en lo que les ayudamos a descubrir sobre sí mismas. Y aquí aparece el coraje
Volviendo a aquella conversación del principio: nos pasamos mucho tiempo intentando corregirnos, mejorarnos y encajar. Pero cada uno de los cuatro componentes exige algo de valentía: mirarnos sin filtros, aceptar lo que no nos gusta, actuar en coherencia aunque no sea lo cómodo y dejarnos ver.
Por eso, de vez en cuando, necesitamos parar y escuchar cómo nos ven quienes nos rodean. ¡Ojo! No para depender de su aprobación, sino para ampliar nuestra propia mirada. A veces nos devuelven algo que ya tenemos, pero que hemos dejado de ver. Y otras, algo que preferiríamos no ver, pero que necesitamos. (De cómo dar y recibir feedback hablamos otro día.)
Quizá ahí esté el verdadero coraje: no en mostrarnos sin filtro, sino en permitir que otros nos devuelvan una imagen que no controlamos. No para gustar más, sino para trabajar con más verdad.
Y tú, ¿Qué verían en ti las personas que te rodean que tú todavía no te has permitido ver?
Te lanzo un reto: pregunta a alguien que te conozca bien cómo te ve. Y, sobre todo, atrévete a escuchar la respuesta.
Os deseo un productivo mes de octubre!!
